La otra mujer
Los teléfonos ven el futuro y voy a contarles por qué. Hace siete años, Juan mandó una foto con quien por ese entonces era su mujer, Paula, al grupo de trabajo. Estaban en la playa y alzaban a Nina en brazos, que era bebé. Yo no le di importancia pero mi teléfono sí. A partir de ese momento, comenzó a preguntarme a diario si quería etiquetarme en la foto. Pasaban las semanas y seguía insistiendo: “Ana, realmente creemos que deberías estar en esta foto”. Era como si hubiera conocido mi destino, un oráculo de Delfos portátil que me avisaba lo que iba a suceder.
Al año siguiente yo empezaba a salir con Juan y todavía quedaban huellas de Paula en su casa. Si bien no vivía allí, había dejado un sinfín de cosas suyas: cuadros coloridos de paisajes del Caribe, banderines colgando del techo y vinilos en las paredes con frases inspiradoras que hablaban de soltar, ser feliz y seguir los sueños. En el living había un portarretratos con la leyenda “Family” con fotos de ellos tres. A mí me incomodaba mucho, pero era todo muy reciente como para pedirle a Juan que lo sacara.
El inicio de la relación coincidió con el inicio de la pandemia. Paula se había instalado en lo de sus padres, en Beccar, con Nina. Juan hacía dos videollamadas por día para hablar con su hija porque no podía verla. Como era un bebé, Paula sostenía el teléfono mientras él leía cuentos, le mostraba juguetes y le cantaba canciones. A Nina le costaba seguirlo a través de la pantalla y todo el tiempo se quería ir. Yo pensaba que la comunicación era ridícula y excesiva. Las videollamadas a veces duraban una hora. Él se encerraba en su habitación y yo me quedaba afuera tratando de no hacer ruido.
Pasó un año hasta que Juan le contó a Paula que estaba saliendo con alguien. Creía que se iba a poner mal, que iba a ser un drama, pero ella lo tomó de lo más bien. Eso sí: al día siguiente anunció que se iba de vacaciones. Nina tenía dos años y se quedó con nosotros. Ahí entendí que lo de Paula no era una pose. Soltar y dedicarse simplemente a ser feliz, como decían los imanes de la heladera, era su filosofía.
Desde ese momento, Paula empezó a viajar cada vez más seguido: al principio, con amigas; después, con su nueva pareja; otras veces, sola. Juan, en cambio, no quería viajar sin Nina. Lo carcomía la culpa de dejarla afuera de un plan. Recorrimos norte y sur argentino y varias localidades de la provincia de Buenos Aires siempre con Nina.
Hoy día esa dinámica se mantiene. Cada vez que Juan viaja por trabajo y Paula se tiene que quedar con Nina después se toma días de compensación. ¿Quién pudiera compensar de manera tan equitativa las tareas de crianza? Muchas madres separadas se hacen cargo de la mayor parte de la crianza pero ¿qué hay de las que pueden dividir todo? ¿Separse es la única forma de repartir tareas de igual a igual? Hace poco le dije a Juan que me sentía cansada porque soy la única de la ecuación que no tiene descanso. Me miró como diciendo “Vos te metiste en esta”.
Tengo una relación cordial con la mamá de Nina. Hay buena onda, no sé si es genuina, pero jamás hizo un planteo, jamás quiso controlar lo que pasaba en nuestra casa. Paula tiene su vida: es exitosa en su trabajo, lleva siempre las uñas bien pintadas y el pelo planchado. Delega en Juan asuntos como la lectura del cuaderno de comunicaciones, la compra del uniforme y las visitas a los médicos. No sobreprotege, no se preocupa de más.
A veces me pregunto si yo también podría ser un poco más como Paula. ¿Será que la vida me puso cerca de una persona así para aprender de ella? Juan nunca habla mal de Paula porque Paula no genera problemas. Se complementan. En cambio, Juan y yo somos puro cortocircuito. Los dos somos controladores, a los dos nos gusta hacer las cosas a nuestra manera. Donde Paula es relajada, soy sobreprotectora. Donde Paula suelta, tomo las rindas.
Pienso mucho en por qué Juan eligió a alguien como yo. Después de todo, por algo se separó. ¿Acaso ese otro modelo de crianza no le convence? ¿O las relaciones son completamente irracionales y no responden a la lógica? El deseo de estar con el otro a veces es más fuerte que lo que nos conviene y la pulsión de discutir, de poder enunciar que no estamos de acuerdo con algo, también es una forma de mostrar que nos importa.
Los roles cambian, las relaciones son dinámicas. Me pregunto qué pensará Paula, si alguna vez la puso triste estar lejos de Nina y por qué ahora cada día que pasa con su hija tiene que ser compensado con un franco. ¿Nina percibirá algo de todo eso?
Tiempo atrás, cuando todavía no conocía a Nina, yo era la otra mujer: la que no tenía hijos y le sobraba el tiempo para arreglarse, la que disfrutaba de la cuarentena recluida con Juan, practicando yoga a diario, mientras Paula lidiaba sola con un bebé. Hoy se va de vacaciones con el novio mientras yo cuido a su hija. Por eso a veces me pongo mal y me enojo con Nina por cosas que podría dejar pasar: en el fondo hay mucho cansancio.
Una foto de la Tierra desde la misión Artemis II me sirvió para poner todo en perspectiva. Somos solo puntitos en el espacio, protagonistas de una historia que pasará, como todas las demás. La familia es un sistema complejo y así como la convivencia tiene momentos felices también implica roces. Hay muchas cosas fuera de nuestro control, pero si algo aprendí de Paula es que pase lo que pase hay que mantener el espíritu en alto y tratar de ser felices, sin tantas exigencias, intentando vivir lo mejor que podamos. Como escribe Melville en Moby Dick: “No sé lo que pueda pasar pero, sea lo que sea, iré hacia ello riéndome”.



